Aceptemos que somos una sociedad hipócrita con la inmigración, con los que vienen y con los que nunca pudieron llegar; con los que nunca llegarán

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Debate complejo y con espinas pero es necesario debatir. Pero sí, aceptemos que somos una sociedad hipócrita con la inmigración, con los que vienen y con los que nunca pudieron llegar; con los que nunca llegarán. Mire los ojos de las criaturas que aparecen en la imagen y entonces, reflexionemos.

Seguro que ninguno de nosotros renunciaría a tomar un té ni una taza de café. Y mucho menos al chocolate.Tampoco renunciaríamos a nuestros ordenadores ni mucho menos a nuestros teléfonos móviles. Si eso sucediera se emitirían horas y horas de informativos especiales en todas las televisiones (o quizás no si fuéramos capaces también de renunciar a los televisores), Naciones Unidas tomaría cartas en el asunto y los gobiernos también, se cambiarían normas, se establecerían leyes para que intentar atajar el pánico colectivo de la sociedad lobotomizada y hasta se modificaría el Padrenuestro o la receta de la Coca-Cola si fuera necesario para que semejante tragedia no sucediera.

Porque somos incapaces de renunciar a nuestro “estatu quo”, tenemos miedo de perder lo que tenemos, precisamente porque tenemos.

El mejor chocolate del mundo es el suizo pero se produce con el cacao del Congo donde los niños y mujeres que recolectan los frutos del cacao malviven con salarios miserables. Y ¡Vaya! no saben lo que es un chocolate!

Durante años, Lek tuvo problemas para respirar. Los químicos que utilizaba para limpiar esas pequeñas piezas que luego formarían uno de los millones de discos duros que se fabrican cada año en Tailandia quemaban sus pulmones y su esófago. La máscara blanca que le proporcionaba la fábrica no era suficiente para neutralizar los vapores tóxicos que emitían los productos de limpieza y la garganta le ardía. Hace siete años, la destinaron a la sección de empaquetado y ahora solo tiene un dolor de espalda crónico por las 12 horas que pasa cada día cerrando y cargando paquetes. “Ahora es algo mejor, pero a cambio me han incrementado las horas y me hacen trabajar más duro”, asegura Lek.

Unas 500.000 personas como Lek trabajan en el sector de la electrónica en Tailandia, la mayor parte de ellas fabricando piezas para discos duros, en un país que controla, al menos, el 30% del mercado mundial de estos dispositivos – aunque otros datos elevan la cifra al 45%-, según el gabinete de estudios del banco tailandés Kasikorn.

Los discos duros suponen además un 63% del total de las exportaciones del sector de la electrónica del país con más de 180 millones de dispositivos vendidos al exterior en 2014. La mayoría acaban en los países vecinos del Sudeste Asiático (17%), pero también en Europa (14%), China (14%) o Estados Unidos (13%). El sector mundial está dominado por tres empresas, Western Digital y Seagate, que controlan cada una aproximadamente el 40% y muy por detrás, Toshiba, con un 16%.

Lek y sus compañeras sólo fabrican unos pocos de los componentes que formarán los complejos dispositivos de almacenamiento de datos.

Por otro, esos aparatos llamados teléfonos móviles; imposible de fabricar sin el maldito coltán. Se trata de un mineral imprescindible para la industria de aparatos eléctricos, las centrales atómicas y los teléfonos móviles; un “oro gris” que podría traer prosperidad a los congoleños. Sin embargo, guerrillas locales y empresas multinacionales han comenzado a disputarse su explotación sin importarles el coste humano. Los seres humanos que van apareciendo fantasmagóricamente aquí y allá y que extraen el coltán son muchachos, casi niños, que a menudo se introducen a gatas por estrechas y peligrosas grietas talladas en los taludes de las lomas, donde corren el riesgo de quedar sepultados por un súbito desprendimiento de tierra. Cubiertos de polvo y barro, famélicos y con los ojos enrojecidos, semejan un ejército de “zombies” que por unos instantes observa a los recién llegados como si provinieran de otro planeta.

El té. India es el segundo mayor productor de té del mundo después de China, representa el 14% de las exportaciones mundiales y emplea a 3,5 millones de personas en más de 1.500 provincias. Su té llega a todos los rincones del planeta envasado tanto en las bolsas instantáneas baratas que se encuentran en los estantes de los supermercados como en las elegantes cajas de madera de Darjeeling, el té más caro del mundo. ¿Y quienes recolectan ese té? Casi siempre mujeres y niñas y niños hambrientos que cobran menos de un euro por catorce horas de trabajo al día. 68 años después de la independencia de India, los trabajadores de sus plantaciones de té siguen sometidos a los residuos del sistema esclavista que los colonialistas británicos concibieron en el siglo XIX. Según las ONG, en los últimos 15 años, más de 2.000 trabajadores del té han muerto a causa de la malnutrición.

Podríamos poner millones y millones de ejemplos, pero hacemos o nos gusta hacer como el avestruz, escondiendo nuestras cabeza en la tierra oscura de la lobotomía porque nos avergonzamos de consumir lo que con muerte y hambre se produce o quizás porque no nos gusta mirar la realidad o tal vez porque esas historias son tan lejanas, tan distantes que nos parecen ajenas.

Recientemente, Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, pudo definir, a nuestro juicio, como nadie, nuestras propias miserias: “Hombres, mujeres, niños y niñas, muertos. Y una parte de Europa llora, grita, quiere que se salven, que no mueran, pero… pero que no vengan, que se vayan, que desaparezcan, que no existan y que no tengamos que verlos en la tele, y menos en nuestras calles, con sus mantas, en el metro, o en las escaleras de nuestras casas. Algunos de forma irresponsable promueven el miedo a “los otros”, “los ilegales”, “los que vienen a vender sin licencia”,” a gastar nuestra sanidad”, “a quedarse nuestras ayudas”, “a ocupar nuestras plazas de colegio”, “a pedir”, “a mendigar” “a delinquir”…Pero el miedo es sólo eso: miedo. Nuestro miedo a vivir un poco peor contra su miedo a no sobrevivir. Nuestro miedo a tener que compartir una pequeña parte del bienestar contra su miedo al hambre y a la muerte, tan profundo que les ha dado el valor de arriesgarlo todo, para venir sin otro equipaje que el propio miedo”.

Y que no venga nadie ahora a contarnos la otra parte de la película: que si somos solidarios, que si esto, que si lo otro. Esa otra parte de la película ya la conocemos y se repite día tras día por parte de esta hipócrita sociedad no por cansancio sino por necesidad, por la necesidad que tienen las sociedades modernas e hipócritas de realizar de vez en cuando ciertos exorcismos espirituales para poder apoyar la cabeza sobre la almohada.

Aceptemos esa otra realidad; la realidad del miedo, del hambre, de la muerte. La realidad del derecho de los unos a emigrar. Y solo así y quizás solamente así, cuando aceptemos nuestra propia hipocresía o mezquindad como seres humanos  podamos conciliar el sueño por las noches o intentemos hacer algo útil al día siguiente.

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4 Respuestas

  1. Jesús dice:

    La gente no va a reconocer eso

  2. Marc dice:

    Controvertido el artículo

  3. Hosting dice:

    Reflexionar-actuar; actuar-reflexionar, es un binomio dificil de separar !!! Desde luego un post que hace reflexionar para seguir actuando !!!!. Los hipocritas, oportunistas, el miedo no esta hoy dia solo en Servicios Sociales, es un virus cronico de la sociedad, pero en los tiempos que corren creo que este virus se vuelve mas virulento.

  4. link dice:

    Bonito Post para pensar y filosofar un rato. Que el mundo esta lleno de personas hipogritas, oportunistas y con miedo en estos tiempos y simpre, quizas quien escribe es una persona de ellas. Por eso el articulo es anonimo. Lo que no entiendo muy bien del post es que tiene que ver con Servicios Sociales ya que el tema no es exclusivo.

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