Escritos bajo el Sombrero, una desgarradora queja al desamor y una apelación a la esperanza

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Por Guillermo Morales Catá

  • Acaba de ver la luz “Escritos bajo el Sombrero”, de Raúl Parra Colomé.

“El fin justifica los medios”. Tantísimas veces he escuchado y leído esta cita de Maquiavelo y nunca le he encontrado sentido porque casi siempre quienes se escudan en esta expresión es para justificar actos casi abominables. No ha sido hasta hoy, después de darme un delicioso paseo por cada palabra de “Escritos bajo el Sombrero” cuando le he encontrado un sentido. Un canto desgarrador al desamor y al amor, una quimera, un baño utópico a través de la denuncia, un revoltijo de ideas mezcladas que descontextualizadas parecen nada y en conjunto componen una sinfonía perfecta con un solo fin, un fin solidario –más allá de la necesidad de expresarse su autor-: construir una escuela para niños en Gambia.

Y cuando digo desamor quizás lo primero que viene a la cabeza es un culebrón latinoamericano. Pero el verbo de Raúl Parra es la antítesis de una telenovela latina. En las telenovelas que lobotomizan a millones de personas no hay garra sino garra vulgar (pareciera lo mismo pero es simplemente eso, un parecer). La palabra del autor tiene ritmo y sentido; aún cuando de ella emanen destellos casi perturbados. ¿Pero qué es el desamor sino un grito desgarrador de la perturbación? Su verbo es también ofrecimiento y compromiso, balas que llegan dentro, hieren e incluso matan; pero no como las mismas balas que algún poema denuncia.

El libro entero es eso, un fueguito de Galeano que cuando te acercas te enciende. Un testimonio que parece golpearte, acariciarte, bendecirte, iluminarte. Palabras que se transforman en imágenes mientras las lees; como si quisieran tener vida propia para, al final, dejarte con ganas, con más ganas.

“Escritos bajo el Sombrero”, rasguña el alma y cala bien dentro. Un testimonio en forma de látigo y cascabel que te convierten en un peregrino inmóvil, inerte, quieto, inamovible, estático, fijo, petrificado pero siempre peregrino. Es un viaje sin viajar; sin comprar boleto, sin facturar en un aeropuerto, sin mochila. Porque ya eso lo ha hecho su autor.

Pasión, lujuria, erotismo, concupiscencia, encanto, deseo, seducción, arrebato, fuerza, hermosura, belleza. Sexo explícito sin estridencias. Un llanto desgarrador y sublime, melancólico, triste, taciturno.

Expresión de dolor, tormento, angustia. Golpes lacerantes que no pasan inadvertidos. Una oda a la libertad del ser humano. Nada pretencioso y sin ostentaciones. Sin orlas de alarde. No es un grito aparatoso sino una bocanada al entendimiento, la esencia y el espíritu. Y sin embargo, sencillo, modesto, sin remilgo.

Raúl Parra, con su verbo, nos recuerda muchas veces a la irreverente pintora italiana Carol Rama; pero es mucho más sugerente. Cada palabra parece una caricia; a veces sublime, a veces látigo; pero siempre sugerente. Sin colores muchas veces. El color está en la expresión de un gemido, en una lágrima. Irrespetuosos trazos para quienes simulan no haber disfrutado del sexo. Blasfemos movimientos para impíos. Descaradas miradas que no dejan indiferente a quien se deleita con el libro. Obra sugerente, atractiva, disuasiva, estimulante, evocadora, llamativa, provocativa,  retrospectiva y sugestiva que convierten a quienes la leemos, porque estamos fuera de sus letras, en un observador voyeurista y parafílico, contemplativo.

Cada palabra es un verbo o un adjetivo para convertir cada pequeño texto en algo augusto, mayestático, señorial, solemne, sublime, esplendoroso, magnífico, grandioso, regio. No hay alarde en la obra de Raúl Parra, no hay insinuaciones. Hay evidencias sin ser estridentes pero siempre de forma sugerente, delicada; como delicada es la vida etérea de una amapola. Son instantes. Instantes que se convierten en hechos fascinantes como la vida misma. Instantes que provocan delirio y embeleso; arrebato, encantamiento, elevación, pasmo y misticismo. Pero qué es la vida y su magia si no todo eso.

Adjetivos quizás sobran en esta reseña para describir a “Escritos bajo el Sombrero” pero sus poco más de cien páginas no son más que eso, una especie de ajíaco cubano donde todo se mezcla para revelarnos, sin decirlo, que solo se persigue un fin, un acto solidario.

 

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