No, usted se equivoca. No son niños sirios intentando llegar a Europa. Tampoco son seres humanos de hoy intentando llegar a España. Son niños españoles refugiados en México hace unos 40 años.

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 La Guerra Civil hacía un año que había terminado, y la capital mexicana, todavía una ciudad de un millón de habitantes, servía de refugio a miles y miles de desplazados españoles. Atrás habían dejado una Europa en llamas, donde la barbarie hitleriana avanzaba imparable y Franco imponía una salvaje represión a los derrotados.
 
En esa hora negra, México fue una tierra de esperanza. El presidente Lázaro Cárdenas abrió las puertas al éxodo español y estableció una línea maestra de la política exterior mexicana que se mantuvo hasta el 28 de marzo de 1978, cuando, asentada la democracia en España, se restablecieron las relaciones diplomáticas.
 
Historias que parecen olvidadas en viejos libros de historia, en fotografías en blanco y negro o en imágenes que acumulan polvo en las hemerotecas. Lejos de eso, hay que recordar el pasado reciente de una democracia todavía joven, que ve con distancia como miles de personas mueren para alcanzar sus fronteras.
 
El exilio español fue desgarrador y semejante al que viven refugiados y niños inocentes a los que cerramos el paso a las puertas de Europa. No olvidemos la historiade miles de niños y niñas españoles que tuvieron que salir al exilio porque no tenían otra alternativa. Franco dejó muy claro que fusilaría a media España si era necesario para ganar la guerra. Muchos padres no tuvieron más opción que asaltar los Pirineos perseguidos por la aviación fascista, pero al llegar a Francia, la meta de sus ilusiones murió al ser encerrados como bichos en los campos de concentración.
 
A ningún español que vivió el exilio se le deja de llenar el corazón de tristeza y las tripas de rabia e impotencia porque lo que están viviendo hoy muchos seres humanos lo han vivido muchos de ellos. Nadie se va de su país si no es obligado por las guerras, el hambre o la miseria. No y no. No olvidemos lo que pasaron nuestros abuelos para entender lo que está pasando hoy en nuestras propias narices.
 
Como diría en una excelente y dolorosa reflexión la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau: “Tenemos un mar que se llena de muertos. Unas fronteras que se llenan de alambres, pinchos, cuchillas… y de muertos.
 
Hombres, mujeres, niños y niñas, muertos.
 
Y una parte de Europa llora, grita, quiere que se salven, que no mueran, pero… pero que no vengan, que se vayan, que desaparezcan, que no existan y que no tengamos que verlos en la tele, y menos en nuestras calles, con sus mantas, en el metro, o en las escaleras de nuestras casas.
 
Algunos de forma irresponsable promueven el miedo a “los otros”, “los ilegales”, “los que vienen a vender sin licencia”,” a gastar nuestra sanidad”, “a quedarse nuestras ayudas”, “a ocupar nuestras plazas de colegio”, “a pedir”, “a mendigar” “a delinquir”…
 
Pero el miedo es sólo eso: miedo. Nuestro miedo a vivir un poco peor contra su miedo a no sobrevivir. Nuestro miedo a tener que compartir una pequeña parte del bienestar contra su miedo al hambre y a la muerte, tan profundo que les ha dado el valor de arriesgarlo todo, para venir sin otro equipaje que el propio miedo.
 
Miedo contra miedo. Y el suyo es más fuerte. Así que Europa, europeos: abramos los ojos. No va a haber suficientes muros ni alambres que paren esto. Ni gases lacrimógenos ni pelotas de goma. O abordamos un drama humano desde la capacidad de amar que nos hace humanos, o acabaremos todos deshumanizados. Y habrá más muertos, muchos más. Ésta no es una batalla para protegernos de “los otros”. Ahora mismo esto es una guerra contra la vida.
 
Que los gobiernos dejen de amenazar con el “Efecto llamada”. Lo que necesita Europa, urgentemente, es una “Llamada al afecto”, una llamada a la empatía. Podrían ser nuestros hijos, hermanas o madres. Podríamos ser nosotros, como también fueron exiliados muchos de nuestros abuelos”.

 

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1 Respuesta

  1. Luis dice:

    Que pena que asta ahora estemos pasando como antes

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