Una migrante recién llegada a Melilla (España, sí, España), ignorada a las puertas del hospital sin saber dónde ir

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  • Una mujer guineana recién llegada a la ciudad en un doble fondo es atendida por una torcedura, pero después nadie se hace cargo de ella
  • “A veces hacemos una colecta para que puedan llegar al CETI en un taxi”, dicen los sanitarios
  • El caso simboliza la ausencia de un protocolo operativo: la mujer ingresó a las 12.43, y dos horas después vagaba alrededor del hospital intentando hacerse entender

A las 14.30 de la tarde de este miércoles, la mujer de la foto deambula coja, con su pie izquierdo descalzo y el derecho vendado, por los alrededores del Hospital Comarcal de Melilla. En un francés con fuerte acento trata de pedir ayuda al conductor de una ambulancia. “¿Tú hablas francés?”, pregunta el conductor al periodista. “Dile que yo no puedo hacer nada”. La mujer acaba de llegar a Melilla en el doble fondo de un coche junto con otras dos personas y, como le duele el tobillo, alguien la ha llevado al hospital, donde la han atendido y dado de alta. Y así se quedó: en la calle, sin saber a dónde ir ni forma de hacerse entender.

“Domicilio: Frontera”, resalta el parte médico de Urgencias expedido por un “traumatismo del miembro inferior derecho”. La hora de ingreso es las 12.43. La de salida las 13.36. A las 14.30 la mujer intenta en vano hacerse entender con el conductor de la ambulancia. Hasta las 15.05 que toma un taxi, nadie parece preocuparse por cómo llegará al CETI esta mujer descalza y coja.

¿Quién se ocupa de ella? ¿Se ha avisado a la Policía? “Aquí nosotros hemos cumplido lo que nos toca”, explica una celadora. “Yo no puedo hacer nada si no hay un papel autorizando el traslado por parte del médico”, dicen dos conductores de ambulancia, que aclaran que esa autorización no puede hacerse porque la mujer aún no ha sido registrada y filiada por la Policía.

“Pero de alguna manera tendrá que llegar allí”. Una celadora de Urgencias aclara entonces que la Guardia Civil y la Policía no se hacen cargo de los recién llegados, “porque no están detenidos”. “Varias veces hemos hecho una colecta para que cojan un taxi que los lleve al CETI”. Más tarde otra explica que “si pasan por aquí”, se los llevan. O que a veces, “cuando no pueden andar”, llaman a un taxi y el CETI se hace cargo de la carrera. Según una auxiliar administrativa, Cruz Roja había rechazado trasladarla porque “ellos se ocupan de los rescatados en el mar”. Cruz Roja asegura que “actúa cuando la Guardia Civil llama” (normalmente en casos de pateras o saltos de valla). Y la mujer seguía  en la calle, sin saber cómo llegar.

Este episodio refleja que no existe ningún protocolo de comunicación (al menos que funcione) entre el hospital y el centro de inmigrantes, para que el centro sanitario comunique que una persona recién llegada debe ser atendida y luego filiada. Y que habiendo cumplido todos estrictamente su función, esa mujer desorientada, que no podía hacerse entender, descalza de un pie y coja del otro, tendría que apañárselas para llegar al CETI. “Un hombre blanco me ha traído aquí”, es lo único que decía ella, de unos 20 años. La mujer no sabía dónde estaba, ni dónde iba, y nadie se lo había aclarado.

“Mis compañeros están en la frontera, vamos allí”

Zetu dice ser de Guinea Conakry y llegó a Melilla el miércoles por la mañana utilizando el método más popular: los compartimentos ocultos en cualquier lugar de un vehículo. La Guardia Civil calcula que este año han llegado así a Melilla entre 250 y 300 personas, ya tantas como en todo 2015. En el salpicadero, en el hueco de un asiento o en el depósito de combustible, cualquier lugar les vale, aún a riesgo de asfixia. Raro es el día que no entran a la ciudad autónoma uno o dos personas a través de este método.

Camino del CETI, Zetu insistía en que debía encontrarse en un lugar indeterminado con sus compañeros recién llegados. “Mis compañeros están en la frontera, vamos allí. ¿Dónde vamos? Tengo que llamarles para preguntarles dónde están”. Y se resistía a abandonar el taxi, pese a los intentos para explicarle que el CETI es el lugar donde todos deben acabar. Cuando se presentó a la puerta, los vigilantes exclamaron: “¡Ya está aquí la tercera!”.

A la puerta del CETI, un lugar vallado, ella insistía desconfiada: “Entra, por favor. ¿Por qué no? Entra conmigo”. Hasta que el vigilante la convenció de que un periodista no puede acceder al recinto. Sólo cuando dobló la esquina de la caseta de administración, Zetu volvió con una sonrisa y comprendió que no la habíamos engañado, que sus compañeros estaban allí y que su viaje desde Guinea había terminado.  (Tomado de eldiario)

 

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