| Las redes sociales se han convertido en un zoológico profesional de nuevos «especialistas».
Después de veinticinco años lidiando con los abismos, criptogramas y delirios burocráticos de la extranjería y la nacionalidad, pensé que ya había visto todo. ¡Qué ingenuidad! A las puertas de un proceso extraordinario para la regularización de extranjeros en España, las redes sociales se han transformado en un zoológico profesional donde los nuevos “especialistas” se arrancan las extremidades digitales con un entusiasmo digno de estudio antropológico.
Lo que antaño era un espacio para compartir criterios hoy es un ring donde, por captar un cliente, vale absolutamente todo: injurias, tarifas mutantes, promesas mesiánicas y un exhibicionismo profesional que haría palidecer a un ilusionista de feria. Los que ayer presumían de ser baratísimos ahora cobran como si impartieran revelaciones místicas; otros tiran los precios al subsuelo con la misma delicadeza con que se lanza un electrodoméstico viejo por la ventana. Y entre medias, descalificaciones, puñaladas digitales y una competencia tan desleal que haría sonrojar a un corsario.
Quizá hablo desde la paleontología, no son pocos ya mis años, porque fui de los primeros en hacer extranjería cuando esto sí era selva, pero selva auténtica: colas interminables, madrugadas heladas, cafés compartidos por pura supervivencia, miedo a policías encima de caballos que movían sus porras para «organizar las colas». Eran tiempos de horas larguísimas en las oficinas de extranjería mientras esperábamos para presentar nuestros expedientes junto a nuestros clientes. A veces teníamos que lidiar incluso con diez clientes a la vez. Así nació la lealtad, el compañerismo, esa camaradería que no necesitaba postureo ni vídeos motivacionales para existir.
Los viejos de toda la vida seguimos defendiendo esas costumbres casi tribales. Y aviso para los recién llegados: su salvajismo no derrotará jamás la tradición de lealtad de los de siempre. La ética no hace ruido, pero es obstinada; la decencia profesional no presume, pero resiste como una muralla.
Así que basta de antropofagia. La competencia debe ser leal, porque si no lo es, no es competencia: es simple canibalismo crudo. Y los caníbales suelen ser fagocitados por sí mismos.Sirva este consejo humilde de un señor que ya pasa los 60 años porque aún hay tiempo de reflexionar y cambiar. Mi experiencia y mis años me dicen que los clientes siempre huelen al trilero.



