El Ejército se despliega para controlar Ceuta tras la entrada de cerca de 6.000 inmigrantes a España

Un submarinista de la Guardia Civil, con un bebé cuya familia se había echado al agua en Ceuta.

Las imágenes y la noticia ocupan hoy los titulares de los medios de comunicación en España: El Ejército se despliega para controlar Ceuta tras la entrada de cerca de 6.000 inmigrantes a España.

La derecha se frota las manos con lo que está sucediendo. Van a hacer su agosto en pleno mayo. La izquierda no sabe qué hacer. Y ante la «invasión»; la «avalancha» de marroquíes que ha «asaltado a España» hasta el presidente Sánchez ha tenido que desplazarse a la zona. También los medios de comunicación hacen su agosto: «esto sí es noticia».

Una vez más los inmigrantes y el miedo como arma política. Que España ha dado atención médica al líder del Frente Polisario, Brahim Gali; pues Marruecos abre sus fronteras. Hay actos que tienen consecuencias, “y se tienen que asumir”, dice la embajadora de Marruecos tras ser convocada en la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores.

Somos incapaces de renunciar a nuestro “estatu quo”, tenemos miedo de perder lo que tenemos, precisamente porque tenemos.

Hombres, mujeres, niños y niñas se han lanzado al mar y muchos llegan exhaustos del cansancio. Y una parte de Europa llora, grita, quiere que se salven, que no mueran, pero… pero que no vengan, que se vayan, que desaparezcan, que no existan y que no tengamos que verlos en la tele, y menos en nuestras calles, con sus mantas, en el metro, o en las escaleras de nuestras casas.

Algunos de forma irresponsable promueven el miedo a “los otros”, “los ilegales”, “los que vienen a vender sin licencia”,” a gastar nuestra sanidad”, “a quedarse nuestras ayudas”, “a ocupar nuestras plazas de colegio”, “a pedir”, “a mendigar” “a delinquir”; «esos»; los que vienen en pateras o escondidos en un camión…Esos, los que llevan horas lanzándose al mar.

Pero el miedo es sólo eso: miedo. Nuestro miedo a vivir un poco peor contra su miedo a no sobrevivir. Nuestro miedo a tener que compartir una pequeña parte del bienestar contra su miedo al hambre y a la muerte, tan profundo que les ha dado el valor de arriesgarlo todo, para venir sin otro equipaje que el propio miedo.

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