| El retraso, lejos de ser una excepción, parece la norma no escrita.
La reforma del Reglamento de Extranjería (que incluye un Proceso Extraordinario de Regularización) se ha convertido en una especie de criatura mitológica: todo el mundo habla de ella, pero nadie la ha visto. Cada anuncio de “avance” suena ya a chiste interno entre despachos, como si la burocracia hubiera decidido tomarse su propio tiempo geológico para mover un papel de una mesa a otra.
El retraso, lejos de ser una excepción, parece la norma no escrita. Se encadenan reuniones, informes, matices, revisiones y más revisiones, como si el objetivo real fuera perfeccionar el arte de no decidir nada. Los políticos dando entrevistas diciendo constantemente «todo marcha a buen ritmo». Y mientras tanto, miles de personas siguen atrapadas en un laberinto administrativo que se estira y se estira, como si la espera fuera parte del trámite obligatorio.
Se habla de “garantías”, de “ajustes técnicos”, de “procesos complejos”, de que «el el texto sigue en el Consejo de Estado pendiente de Dictamen»… pero lo único realmente complejo es entender cómo un sistema que presume de modernidad puede funcionar con la agilidad de un archivo polvoriento del siglo pasado. La reforma se retrasa, sí, pero el discurso oficial sigue impecable, casi coreografiado, como si repetir las mismas frases vacías pudiera disimular la parálisis.
Al final, lo único que avanza con constancia es la sensación de que el tiempo institucional y el tiempo de las personas no pertenecen al mismo universo. Y que, en ese desfase, la reforma se ha convertido en un espejismo que se aleja justo cuando parece que por fin va a materializarse.
Ahora se nos dice que probablemente se aprobaría por el Consejo de Ministros el 21 de abril; y eso que empezaría «a principios de abril».
El Gobierno ha convertido la regularización en un ejercicio de prestidigitación barata, donde la falta de rumbo se disfraza de «flexibilidad» y el caos administrativo de «diálogo». Nos tienen atrapados en un centrifugado de globos sonda y rectificaciones matutinas, pastoreando nuestra paciencia con la destreza de quien no sabe si va o viene, pero insiste en marcarnos el paso. Es un mareo institucionalizado, una coreografía de la improvisación donde cada nueva directriz no es más que el parche de la ocurrencia anterior, dejando al ciudadano perdido en un laberinto de papeles mojados mientras ellos ensayan su próximo volantazo.
Da la sensación de que nos están vacilando. Nos sirven un banquete de sombras bajo el disfraz de la benevolencia, estirando el cinismo hasta que la verdad se vuelve irreconocible. Es una coreografía del desplante donde nuestra inteligencia es el rehén y su impunidad el escenario; nos observan con la frialdad del prestidigitador que, mientras nos roba el sentido común, espera que le aplaudamos el truco. No es gestión, es un simulacro obsceno: nos están tomando el pelo con la elegancia de quien se sabe dueño de la farsa.


2 comentarios en “La eterna promesa del Reglamento de Extranjería vuelve a retrasarse”
La pregunta del millón van a pedir de nuevo un contrato y empleador millonario??????
Es una chapusa como la de año pasado , donde llevamos 9 meses esperando la resolución a un trámite. 🙁