La vida más allá de los números

Los números están en todas partes’ podría ser un buen título alternativo para la canción ‘Love is all around’, interpretada por la banda escocesa Wet Wet Wet y lema del clásico navideño ‘Love Actually’ –no es difícil que el filme se venga a la cabeza en estas fechas. Este podría ser, a su vez, uno de los grandes titulares que deja 2021; otro año más en que los números han sido protagonistas.

Si el tiempo se mide en horas, minutos, segundos… números, en definitiva, todo apunta a que la vida también. No hay más que encender el televisor, abrir los periódicos o entretenerse con el móvil para dar con esta cuestión. De hecho, a lo largo del ‘veinte, veinte’ y de su sucesor, el 2021, los ciudadanos nos hemos dado baños diarios de cifras: que si los nuevos contagios de covid-19; la incidencia acumulada; los fallecidos; las primeras dosis administradas por grupos de edad; las pautas de vacunación completas; los pinchazos de refuerzo… En fin, una auténtica invasión de números.

Esta realidad no es nueva. Los números suelen acapararlo todo, especialmente en los medios de comunicación: las portadas, los titulares, las historias… Cuando, en realidad, las historias no pertenecen a los números, sino a las personas. Las mismas que quedan relegadas a no sé qué lugar, por no ser tan impactantes (imagino) que una cifra de ‘x’ dígitos. No me gustaría que se me malinterpretase, los datos son importantes (importantísimos) y deben formar parte del discurso periodístico, ya que reflejan el alcance de una determinada situación, pero, por encima de todo, deben estar al servicio de las historias, no al revés.

Una realidad que, creo, refleja bien esto, es la de la inmigración irregular. En Canarias estamos acostumbrados a que, diariamente, los medios informen sobre la llegada de inmigrantes a bordo de precarias embarcaciones. Poco importan sus nombres, sus vivencias, sus motivos, sus aspiraciones, sus historias, pues todo esto queda reducido a un número. Esta manera de informar no solo deshumaniza al inmigrante, sino que también provoca un impacto negativo en el lector, dando la sensación de invasión.

De hecho, del Informe Quincenal sobre Inmigración Irregular, publicado por el Ministerio del Interior, se desprende que 39.157 inmigrantes llegaron a España por vía marítima y terrestre, desde el 1 de enero hasta el 16 de diciembre de 2021, un 1,2% menos que en el mismo período de 2020, cuando lo hicieron 39.629. Concretamente en Canarias, 20.752 inmigrantes arribaron al archipiélago en 2021, frente a los 21.660 que lo hicieron el año anterior, un 4,2% más. Datos, por supuesto, preocupantes que llaman a la acción.

Algo igual de preocupante, si no más, es que para dejar de ser un número y recuperar su identidad, el inmigrante debe tener mucha suerte o, por el contrario, muy mala. Fue el caso, por ejemplo, de la pequeña Eléne Habiba (identificada erróneamente, en un principio, como Nabody), de tan solo dos años y natural de Mali, quien pereció en el hospital Materno Infantil de Las Palmas de Gran Canaria, donde fue ingresada tras sufrir una parada cardiorrespiratoria a su llegada, en patera, a la isla. El senegalés Abdou también pudo recuperar su nombre, al protagonizar una de las imágenes más humanas de la inmigración: un abrazo desesperado a la voluntaria de Cruz Roja Luna, en medio de la crisis migratoria desatada el pasado mayo, en Ceuta.

La imagen, sin embargo, también fue el centro de numerosas críticas, de voces que veían obsceno un acto de amparo, de solidaridad, de iguales. Otro nombre que también trascendió fue el de Aschraf, un joven de 16 años que, con unas botellas de plástico a modo de flotador, suplicaba a los militares españoles: «¡Traten de entendernos!», a orillas de Ceuta, en la ya citada crisis. Quizás, si despejásemos esos números hasta dar con las historias podríamos, efectivamente, tratar de entenderlos, sofocar las llamas del odio, cambiar el modo de ver al ‘otro’ y exigir soluciones más cálidas y menos ‘calientes’.

Fuente: Canarias 7

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