De los 321 deportistas que componen el equipo olímpico español, más de una veintena nacieron en países como Marruecos, Venezuela, Cuba, Rusia, Rumania, Brasil o Senegal

Al igual que los atletas no solo nacen, sino que también se hacen, lo mismo pasa con las nacionalidades. Y más en este mundo globalizado, donde el mestizaje funde la sangre y el levantamiento de fronteras nos hace ciudadanos del mundo. Como reflejo de la vida, el deporte también sigue esta tendencia y España, crisol de culturas desde la antigüedad, no es una excepción. Buena prueba de ello es que, de los 321 atletas que conforman el equipo olímpico en Tokio, hay más de una veintena que nacieron en otros países y muchos de ellos han sido nacionalizados.

Además de estrellas como la tenista Garbiñe Muguruza, nacida en Caracas de padre español y madre venezolana, destacan otras figuras de orígenes íntegramente extranjeros que han abrazado a España como el país donde hacer su vida y su deporte.

De todos ellos, el que quizás tenga la historia más dramática es el boxeador Gazi Jalidov, que hoy debuta en el peso semipesado contra el australiano Paulo Aokuso en el Kokugikan Arena, el templo del sumo. Haciendo honor a su especialidad, Jalidov sabe bien lo que es encajar golpes en la vida. Nacido en 1995 en la república rusa de Daguestán, tuvo que huir con solo ocho años por la violencia que asuela a la convulsa región del Cáucaso. Tras peregrinar por Alemania y Francia con su madre y sus cuatro hermanos, se asentó en España, donde recibió la peor noticia posible: habían matado a su padre.

Sin querer hablar de aquella tragedia, Jalidov prefiere centrarse en «lo bien» que les ha acogido en España y en sus aspiraciones en estos Juegos Olímpicos. «Como siempre, quiero llegar a lo máximo: ganar la medalla de oro. Para ello, voy a dejármelo todo», promete por teléfono a ABC.

Tras pasar por San Sebastián, la familia de Jalidov se instaló en Logroño cuando él tenía 12 años gracias a la ayuda de la Cruz Roja. Poco después, con quince, se apuntó con uno de sus hermanos a un gimnasio y descubrió el boxeo, que enseguida lo atrapó. «Cuando empecé, ya tenía intención de competir porque me gustaba mucho», cuenta Jalidov, quien sin embargo estuvo a punto de dejarlo por dos fracturas en una mano. Ocurrió cuando, ya con la nacionalidad española, volvió a Rusia para probar suerte en su lugar de origen, donde todavía tiene familiares. Las operaciones que le hicieron allí no salieron bien e incluso pensó en tirar los guantes. Pero, afortunadamente para él, regresó a España, donde los médicos no solo le recuperaron la mano, sino que además conoció hace tres años a su entrenador, José Ignacio Barruetabeña, Barru, un excampeón de España en peso supermedio que ha ejercido de figura paterna.

Del boxeo al gimnasio

En 2019, plenamente recuperado, volvió a subirse al ring y sus victorias llamaron la atención de la selección española de boxeo, que dirige el cordobés Rafael Lozano. Buscando repetir sus éxitos personales, ya que fue bronce en Atlanta 1996 y Sídney 2000, ha formado un equipo donde, además de Jalidov, está Enmanuel Reyes, de origen cubano y también con otro drama como refugiado político a sus espaldas. «Sin duda, el sufrimiento que he tenido en la vida me ha hecho más fuerte e inteligente», asegura Jalidov, quien ha sobrevivido a los golpes de la vida y aspira, con 26 años, a la gloria olímpica porque, como dice, «siempre que se lucha por algo, se consigue».

Esa es la misma filosofía que impulsa al gimnasta Ray Zapata, nacido en la República Dominicana en 1993 y también nacionalizado español. En su caso, el país de adopción no solo le dio el pasaporte cuando su madre emigró de Santo Domingo a Tenerife en busca de una vida mejor para su familia, sino también la pasión por el deporte que practica.

«Me enamoré de la gimnasia artística viendo a Gervasio Deferr por televisión y supe que mi sueño era venir a unos Juegos Olímpicos», recuerda Zapata también por teléfono. Fue precisamente Deferr, bicampeón de salto en Sídney 2000 y Atenas 2004 y plata en suelo en Pekín 2008, quien apostó con a Víctor Cano por su admisión en el Centro de Alto Rendimiento de San Cugat pese a que ya era «demasiado mayor».

«Normalmente, un gimnasta empieza con cuatro o cinco años. A los seis asimilan las bases y la técnica para dominar los aparatos. Yo me salté toda esa etapa porque empecé a practicar gimnasia con mis hermanas cuando tenía diez años y me ha tocado trabajar mucho más rápido para ganar el tiempo perdido», reconoce Zapata. Consciente de que ha suplido sus carencias técnicas con la fuerza bruta, apuesta por sorprender y se inventa saltos que ya llevan su nombre, como el ‘Zapata I’ y el ‘Zapata II’, para llegar a lo más alto en el podio olímpico.

Tras haber mordido las medallas de oro, plata y bronce en campeonatos mundiales y europeos, ese es su objetivo en Tokio, sacándose además la espinita de Río, donde se quedó a las puertas de clasificarse para la final. «Lo vivo como una oportunidad y una responsabilidad para España. Ojalá le dé una medalla», confía Zapata, quien incluso bautizó a su hija, nacida en mayo, Olimpia.

Junto a Jalidov y Zapata, otros españoles del mundo son el levantador de pesas venezolano Andrés Eduardo Mata Pérez, la gimnasta rumana Roxana Popa, la tenista de mesa ucraniana Galia Dvorak y el corredor marroquí Ibrahim Ezzaydouni, entre otros. Atletas de un mundo global, todos ellos son mucho más que españoles. (Tomado de ABC)

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