Esperanza. Resiliencia.

Quienes estamos acostumbrados a trabajar en agosto sabemos que es un mes que siempre ha parecido fantasma; al menos en las grandes ciudades como Barcelona. Calles vacías y pocos coches que circulan. La gente se va de vacaciones y las persianas de los pequeños negocios se vuelven mudas. Y cuando llegaba septiembre todo volvía como renacen las flores en primavera.
Pero este agosto es un mes raro. Raro y triste. Las calles están llenas de personas y los coches se abren paso en es asfalto. Pocos se han ido de vacaciones. Los pequeños negocios no suben sus persianas. Y no es porque sus dueños y sus empleados estén de vacaciones. Muchos han bajado esas persianas metálicas para siempre. En lugar de ese ruido que hacen las persianas solo hay carteles de “Se vende”, “Se alquila” o “Se traspasa”.
Me gustaba ese ruido que hacían las persianas de los pequeños negocios porque detrás había un pequeño -muchas veces pequeñísimo empresario- que tenía la ilusión de que “hoy va a ser un gran día”. Detrás de ese ruido que hacen las persianas al subir había un negocio familiar que daba empleo a mucha gente.
Nunca logré entender por qué esos pequeños empresarios no les ponían “tres en uno” a sus persianas. Y ahora; ahora extraño el ruido de las persianas. Es como si todo se hubiera a la mierda. Es como si todo dibujara un futuro incierto. El Covid se ha llevado a mucha gente y en vida queda mucha gente que es como si también se hubiera ido en un futuro próspero que parece incierto.
Necesito escuchar a Joaquín diciéndome “buenos días” mientras me tomaba el café en su terraza. Extraño a Josefa con su mocho en la mano. Y a Svetlana sacando flores a la calle. Y a Paco el de la carnicería. Y a Manel el del kiosko de periódicos. No sé que ha sido de Joaquín, de Josefa, de Manel, de Paco y de Svetlana. Pero las persianas de sus negocios están bajadas; han echado el cierre.
Queda la esperanza. Hay que aferrarse a la esperanza con uñas y dientes. Si no existiera la esperanza tendríamos que inventarla. Sacarla de donde fuera. Porque hace falta tener esperanza. Me da igual el “tres en uno”. Necesito pensar que pronto volveré a escuchar el ruido de las persianas mientras camino a mi despacho.

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