| Y la sorpresa es que el personal de Extranjería no será el encargado de llevar el trámite de las solicitudes de Regularización.
El Gobierno español, siempre presto a sorprendernos con su inagotable creatividad administrativa, ha decidido que el inminente Proceso Extraordinario de Regularización —ese que pretende gestionar cerca de un millón de expedientes como quien ordena calcetines— se llevará a cabo sin contar con los funcionarios de extranjería. Sí, esos mismos que llevan años sosteniendo el sistema con cinta adhesiva, paciencia monástica y una capacidad de supervivencia digna de documental de naturaleza.
La ocurrencia es tan deslumbrante que casi ciega: externalizar el procedimiento y entregárselo a la UTEX, reforzada por personal reclutado vía Tragsa, como si la extranjería fuera un sudoku dominical y no un laberinto jurídico-administrativo donde cada coma tiene vocación de bomba trampa. Una jugada maestra, sin duda, si el objetivo es convertir un proceso delicado en un experimento social de alto riesgo.
Apartar a los funcionarios especializados es como despedir al piloto justo antes del aterrizaje para que pruebe suerte un aficionado con un cursillo de simulador. Pero claro, ¿qué sabrán ellos, que llevan años lidiando con expedientes imposibles, normativas mutantes y sistemas informáticos que parecen reliquias arqueológicas?
Porque sí, los funcionarios de extranjería no tendrán glamour, ni campañas publicitarias, ni gabinetes de comunicación, pero tienen algo infinitamente más valioso: experiencia. Esa palabra tan poco sexy para algunos despachos ministeriales, pero tan imprescindible cuando uno pretende que un proceso de regularización no se convierta en un caos de proporciones épicas.
Al final, lo más fascinante de todo este vodevil administrativo es la capacidad casi artística del Gobierno para convertir lo difícil en imposible y lo imposible en protocolo. Uno pensaría que, ante un proceso de semejante envergadura, la sensatez sería un bien cotizado. Pero no: aquí preferimos la alquimia burocrática, el experimento improvisado, la épica del “ya veremos”. Total, ¿qué podría salir mal cuando se margina a quienes saben y se improvisa con quienes aún están leyendo el manual?
Quizá, dentro de unos años, cuando alguien estudie este episodio en alguna facultad de Ciencias Políticas o en un curso de “Cómo no gestionar un país”, se hable de esta regularización como un ejemplo paradigmático de creatividad mal entendida. Y entonces, cuando los expedientes acumulen polvo y las quejas se amontonen como souvenirs de la desidia, alguien recordará que hubo funcionarios de extranjería dispuestos a hacerlo bien… pero que fueron elegantemente apartados para que la chapuza pudiera brillar sin competencia. Porque, al parecer, en España la experiencia estorba y la lógica molesta. Y así nos va.
Esta es la opinión de Legalteam.

